SALOME
La llevé hasta la cama y la acosté suavemente.
Me acerqué a la heladera y bebí unos sorbos de agua mineral: fría.
Volví a la cama y me acosté a su lado. La miré. Cerró los ojos.
"La quiero, pero no sé si lo suficiente".
- ¿Tenés ganas? - le pregunté, y rocé uno de sus senos: libres.
Me mostró la lengua y giró sobre la cama hasta acercarse a mi lado.
Rozando mi cuerpo, me abrazó. La besé en la boca, en el cuello, en los
pechos. Aspiré el perfume de su piel. Transpiramos.
- ¡Me ahogás! - protestó.
- Chau - le dije. Y me levanté para vestirme.
Recogí el portafolios y las carpetas. Antes de abrir la puerta la miré;
estaba quieta, sentada sobre la cama mirándome con los bonitos ojos
verdes bien abiertos y evidentemente sorprendida.
Me acordé de la ópera Salomé. Le mostré los dientes y salí raudamente.
Bajé las escaleras saltando de a dos los escalones.
Llegué a la calle y me pasé las manos por los cabellos hacia atrás.
Saludé al kioskero.
- ¡Cambió el tiempo! - me gritó sonriendo.
Miré el cielo, nublado. Entre dos veredas angostas, húmedas, con leve
olor a verduras. Eludí una baldosa floja y sentí un tirón en el bajo
vientre. "Va a llover", pensé.
* * *
¡Uf!, menos mal que faltan dos cuadras, no doy más. Tengo que caminar
apretando las nalgas. ¿Cómo me vino a agarrar esto ahora? ¡Que los tiró!
¿Y aquélla? ¿no es Josefa? Sí, es Josefa. Entonces es seña que está el
Gringo. Lo voy a llamar por el portero eléctrico para que me abra la
puerta. ¡No doy más! Esto me pasó por quedarme con las ganas de hacer
el amor.
- ¿Quién es? - pregunta el Gringo, con un tono de voz actoral.
- Armando. ¡Abrí rápido! - grito desesperado.
Abre la puerta. Llego al ascensor y está en el noveno piso.
Aprieto el botón: viene. Séptimo, sexto, quinto. Se detiene, ¡justo ahora! . Se bajó.
No, seguro que subió alguien. No, dos mujeres que sacan a pasear sus
queridos perritos y necesitan media hora para subir. ¡Que te recontra!
¡Ah!, sigue. Cuarto, tercero, segundo, primero. ¡Por fin!
- Buenas tardes - saluda el señor que sale.
- Buenas tardes - le contesto.
Subo desesperado, apretando los dientes y rozando con un hombro al
otro señor.
- ¡Bueno, qué quiere!, estoy apurado.
- ¡Qué torpeza! - protesta el señor.
- ¡Qué torpe ni qué torpe, me estoy cagando, viejo! - le digo y cierro la
puerta violentamente.
Oprimo el botón. ¡Qué lento sube! El espejo me devuelve ese rostro
ojeroso, demacrado y angustiado. ¡Llegué!
Abro la puerta enrejada. La cierro y corro por el pasillo. ¡Menos mal que
el Gringo abrió la puerta!
Entro y le grito:
- ¡Cerrá la puerta que tengo colitis!
Tiro el portafolios y las carpetas sobre la alfombra. Llego al baño.
Me aflojo el cinto. Deslizo el cierre y se obstruye.
- ¡Carajo!
Le pego un tirón y se rompe. Bajo el pantalón, el slip y me siento sobre
el inodoro:
- ¡Ah! ¡Qué felicidad! Cago, che.
Sonrío como un idiota y vuelvo a recordar a Salomé.
A Salomé de la ópera y a mi Salomé de la cama.
Y pienso en Oscar Wilde y en Richard Strauss y en una historia que no me gusta, me deprime.
Entonces me doy cuenta que el Gringo me mira parado en el vano de la
puerta, fumando: serio.
- ¿Qué hay? - le pregunto.
- ¿Siempre defecás con la puerta abierta? - fino, culto.
- Sólo cuando tengo colitis - le digo: vacío.
- Vos, lo que no tenés es vergüenza - me dice, engranado.
No lo entiendo, le pregunto:
- ¿Qué te pasa? ¿Perdió Boca?
- La chica ésa, llamó por teléfono. Estaba llorando, Armando.
¿Cuándo vas a dejar de jugar? ¡Cortala viejo y poné los pies sobre la tierra!
No podés seguir así. - masculla, gruñe casi. Exhala humo y prosigue -
Me pidió que la ayude. Te quiere, te necesita, viejo. Es una buena piba y me
dijo que se va. ¿Por qué la tratás como un trapo?
Silencio.
Suspiro. Estoy sentado en los laureles. Flotando en el filo de la vanidad
y los reales sentimientos. Me ama. Eso es muy bueno.
El Gringo desaparece.
Termino con el largo proceso digestivo y entro en la democrática cocina
donde está el Gringo: tosiendo nicotina con total libertad.
Prepara mate con cedrón.
- ¿Qué hago? - le tiro la pregunta al vuelo.
- Casate - me dice - pero no jugués más con la gente. La vida es una
cosa seria.
- Eso es primitivo.
- Eso es ser hombre.
- Yo no sirvo para soportar una mujer a mi lado, treinta o cuarenta años.
Para escuchar sus rezongos o sus testarudos silencios.
Apenas tolero mis propias manías, mal podría hacerlo con otra persona.
No, quiero seguir siendo un hombre libre.
- ¿Hombre libre? ¡Já! el hombre libre no existe en este tiempo.
Hoy tiene prioridad la comprensión y la solidaridad entre parejas y grupos;
porque ése es el cambio.
Es menester un mundo de gente unida o aquí se acaba todo.
* * *
El kiosko está cerrado. Subo los escalones, ansioso, observando cada
sombra quieta y cada claridad entre las paredes de enormes manchas
salitrosas. Golpeo la puerta. Silencio.
Vuelvo a golpear más fuerte. Pasos y la puerta se abre.
- ¿Qué desea? - me pregunta una anciana.
Me sorprendo. Trago saliva. Carraspeo.
- ¿Está Salomé?
- ¿La chica que vivía aquí? ¡No, jóven! Se mudó ayer - me dice la vieja.
Yo sé que estoy pálido, que mi corazón se detiene por un instante,
indeciso y que mis dientes apretados frenan un grito que brota desde
las entrañas mismas: te quiero Salomé!
- ¿No dejó dicho hacia dónde se dirigía? - le pregunto arañando las
palabras.
- No jóven. No me comunicó nada.
- Gracias - le digo y salgo a la calle. Piso la baldosa floja y me ensucio el
pantalón. El olor a verduras se mezcla con otro aroma, extraño, feo; a
ciudad vacía y a abandono. Siento un tirón en el alma, y prendo un
cigarrillo..-
Hugo A. Ullman
OTRA HISTORIA
Ediciones Calle Arbolada
Septiembre de 1985
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Me encontré con éste bellísimo cuento-relato navegando por internet, y quedé maravillada por el mismo. Me conmovió el modo en que expresa el escritor, las circunstancias en que se desarrolla la vida de los personajes, el temor a responsabilizarse por el otro, y por uno mismo.
El mismo temor que conlleva formar una familia y su hogar. Ése miedo irracional ( el miedo jamás es razonable desde ya) que nos inmoviliza, nos acobarda y somete a la vez perjudicándonos en nuestras relaciones de toda índole.
No sólo a quiénes aún no la han formado, sino también a quiénes la tuvieron y ya no, por lo cuál, no han vuelto a rehacer sus vidas, ante el pavor de creer que puedan volver a equivocarse.
Es el miedo puramente en su totalidad, el que nos sumerge a la soledad. Pero no la soledad que algunos buscan, porque ésta soledad, es distinta.
Sino a la soledad que limita nuestro accionar, como el miedo, a encontrarnos con el otro, a compartir con ese alguien un camino paralelo, individual, dejando ejercer la libertad del otro, en su sentido más amplio.
Recorrer con ése ser, el sendero sin miedo alguno, manifestando el más absoluto amor por el otro, como a sí mismo.
"No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mi y a través de mi. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo."
Letanía Bene Gesserit contra el Miedo -
Frank Patrick Herbert
(8 de octubre de 1920 - 11 de febrero de 1986)
Me acerqué a la heladera y bebí unos sorbos de agua mineral: fría.
Volví a la cama y me acosté a su lado. La miré. Cerró los ojos.
"La quiero, pero no sé si lo suficiente".
- ¿Tenés ganas? - le pregunté, y rocé uno de sus senos: libres.
Me mostró la lengua y giró sobre la cama hasta acercarse a mi lado.
Rozando mi cuerpo, me abrazó. La besé en la boca, en el cuello, en los
pechos. Aspiré el perfume de su piel. Transpiramos.
- ¡Me ahogás! - protestó.
- Chau - le dije. Y me levanté para vestirme.
Recogí el portafolios y las carpetas. Antes de abrir la puerta la miré;
estaba quieta, sentada sobre la cama mirándome con los bonitos ojos
verdes bien abiertos y evidentemente sorprendida.
Me acordé de la ópera Salomé. Le mostré los dientes y salí raudamente.
Bajé las escaleras saltando de a dos los escalones.
Llegué a la calle y me pasé las manos por los cabellos hacia atrás.
Saludé al kioskero.
- ¡Cambió el tiempo! - me gritó sonriendo.
Miré el cielo, nublado. Entre dos veredas angostas, húmedas, con leve
olor a verduras. Eludí una baldosa floja y sentí un tirón en el bajo
vientre. "Va a llover", pensé.
* * *
¡Uf!, menos mal que faltan dos cuadras, no doy más. Tengo que caminar
apretando las nalgas. ¿Cómo me vino a agarrar esto ahora? ¡Que los tiró!
¿Y aquélla? ¿no es Josefa? Sí, es Josefa. Entonces es seña que está el
Gringo. Lo voy a llamar por el portero eléctrico para que me abra la
puerta. ¡No doy más! Esto me pasó por quedarme con las ganas de hacer
el amor.
- ¿Quién es? - pregunta el Gringo, con un tono de voz actoral.
- Armando. ¡Abrí rápido! - grito desesperado.
Abre la puerta. Llego al ascensor y está en el noveno piso.
Aprieto el botón: viene. Séptimo, sexto, quinto. Se detiene, ¡justo ahora! . Se bajó.
No, seguro que subió alguien. No, dos mujeres que sacan a pasear sus
queridos perritos y necesitan media hora para subir. ¡Que te recontra!
¡Ah!, sigue. Cuarto, tercero, segundo, primero. ¡Por fin!
- Buenas tardes - saluda el señor que sale.
- Buenas tardes - le contesto.
Subo desesperado, apretando los dientes y rozando con un hombro al
otro señor.
- ¡Bueno, qué quiere!, estoy apurado.
- ¡Qué torpeza! - protesta el señor.
- ¡Qué torpe ni qué torpe, me estoy cagando, viejo! - le digo y cierro la
puerta violentamente.
Oprimo el botón. ¡Qué lento sube! El espejo me devuelve ese rostro
ojeroso, demacrado y angustiado. ¡Llegué!
Abro la puerta enrejada. La cierro y corro por el pasillo. ¡Menos mal que
el Gringo abrió la puerta!
Entro y le grito:
- ¡Cerrá la puerta que tengo colitis!
Tiro el portafolios y las carpetas sobre la alfombra. Llego al baño.
Me aflojo el cinto. Deslizo el cierre y se obstruye.
- ¡Carajo!
Le pego un tirón y se rompe. Bajo el pantalón, el slip y me siento sobre
el inodoro:
- ¡Ah! ¡Qué felicidad! Cago, che.
Sonrío como un idiota y vuelvo a recordar a Salomé.
A Salomé de la ópera y a mi Salomé de la cama.
Y pienso en Oscar Wilde y en Richard Strauss y en una historia que no me gusta, me deprime.
Entonces me doy cuenta que el Gringo me mira parado en el vano de la
puerta, fumando: serio.
- ¿Qué hay? - le pregunto.
- ¿Siempre defecás con la puerta abierta? - fino, culto.
- Sólo cuando tengo colitis - le digo: vacío.
- Vos, lo que no tenés es vergüenza - me dice, engranado.
No lo entiendo, le pregunto:
- ¿Qué te pasa? ¿Perdió Boca?
- La chica ésa, llamó por teléfono. Estaba llorando, Armando.
¿Cuándo vas a dejar de jugar? ¡Cortala viejo y poné los pies sobre la tierra!
No podés seguir así. - masculla, gruñe casi. Exhala humo y prosigue -
Me pidió que la ayude. Te quiere, te necesita, viejo. Es una buena piba y me
dijo que se va. ¿Por qué la tratás como un trapo?
Silencio.
Suspiro. Estoy sentado en los laureles. Flotando en el filo de la vanidad
y los reales sentimientos. Me ama. Eso es muy bueno.
El Gringo desaparece.
Termino con el largo proceso digestivo y entro en la democrática cocina
donde está el Gringo: tosiendo nicotina con total libertad.
Prepara mate con cedrón.
- ¿Qué hago? - le tiro la pregunta al vuelo.
- Casate - me dice - pero no jugués más con la gente. La vida es una
cosa seria.
- Eso es primitivo.
- Eso es ser hombre.
- Yo no sirvo para soportar una mujer a mi lado, treinta o cuarenta años.
Para escuchar sus rezongos o sus testarudos silencios.
Apenas tolero mis propias manías, mal podría hacerlo con otra persona.
No, quiero seguir siendo un hombre libre.
- ¿Hombre libre? ¡Já! el hombre libre no existe en este tiempo.
Hoy tiene prioridad la comprensión y la solidaridad entre parejas y grupos;
porque ése es el cambio.
Es menester un mundo de gente unida o aquí se acaba todo.
* * *
El kiosko está cerrado. Subo los escalones, ansioso, observando cada
sombra quieta y cada claridad entre las paredes de enormes manchas
salitrosas. Golpeo la puerta. Silencio.
Vuelvo a golpear más fuerte. Pasos y la puerta se abre.
- ¿Qué desea? - me pregunta una anciana.
Me sorprendo. Trago saliva. Carraspeo.
- ¿Está Salomé?
- ¿La chica que vivía aquí? ¡No, jóven! Se mudó ayer - me dice la vieja.
Yo sé que estoy pálido, que mi corazón se detiene por un instante,
indeciso y que mis dientes apretados frenan un grito que brota desde
las entrañas mismas: te quiero Salomé!
- ¿No dejó dicho hacia dónde se dirigía? - le pregunto arañando las
palabras.
- No jóven. No me comunicó nada.
- Gracias - le digo y salgo a la calle. Piso la baldosa floja y me ensucio el
pantalón. El olor a verduras se mezcla con otro aroma, extraño, feo; a
ciudad vacía y a abandono. Siento un tirón en el alma, y prendo un
cigarrillo..-
Hugo A. Ullman
OTRA HISTORIA
Ediciones Calle Arbolada
Septiembre de 1985
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Me encontré con éste bellísimo cuento-relato navegando por internet, y quedé maravillada por el mismo. Me conmovió el modo en que expresa el escritor, las circunstancias en que se desarrolla la vida de los personajes, el temor a responsabilizarse por el otro, y por uno mismo.
El mismo temor que conlleva formar una familia y su hogar. Ése miedo irracional ( el miedo jamás es razonable desde ya) que nos inmoviliza, nos acobarda y somete a la vez perjudicándonos en nuestras relaciones de toda índole.
No sólo a quiénes aún no la han formado, sino también a quiénes la tuvieron y ya no, por lo cuál, no han vuelto a rehacer sus vidas, ante el pavor de creer que puedan volver a equivocarse.
Es el miedo puramente en su totalidad, el que nos sumerge a la soledad. Pero no la soledad que algunos buscan, porque ésta soledad, es distinta.
Sino a la soledad que limita nuestro accionar, como el miedo, a encontrarnos con el otro, a compartir con ese alguien un camino paralelo, individual, dejando ejercer la libertad del otro, en su sentido más amplio.
Recorrer con ése ser, el sendero sin miedo alguno, manifestando el más absoluto amor por el otro, como a sí mismo.
"No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mi y a través de mi. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo."
Letanía Bene Gesserit contra el Miedo -
Frank Patrick Herbert
(8 de octubre de 1920 - 11 de febrero de 1986)
Alexiss
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